sábado, 12 de marzo de 2011

Mi hermana

MI HERMANA
                                                                                                 Raquel Piña
Más allá de los logros personales que configuran la identidad de cada uno, como parte de una familia, aspiramos al bienestar de todos sus componentes.
Miente quien dice que aferrarse a los lazos familiares, paternales y filiales en todas sus formas, ahoga y no deja “levantar cabeza”.
En esa pequeña sociedad aprendemos lo que nos depara el campo más amplio del trabajo, de la lucha por la vida.
Como padres, sentimos el peso de la responsabilidad si es que nuestro amor es verdadero. Como hijos, sabemos del agradecimiento y aprendemos a valorar el esfuerzo del día a día de nuestros padres. Como hermanos, vivimos  una suerte de juego de rivalidades, amor y crecimiento compartidos y vemos el horizonte del futuro más claro en la confrontación y la discusión,  que  sólo llega hasta donde el amor la deja llegar.
La vida me ha quitado la mitad de mí misma. La muerte de mi hermana, que me cuesta reconocer, me ha dejado desnuda entre la nieve, sin el calor de los encuentros de rutina, sin la alegría de la voz conocida y reconocida, sin la posibilidad de descolgar el teléfono para contarle “…¿Sabés que…….”, segura que del otro lado hay un interlocutor atento, un amigo, un compañero, un consuelo o un partícipe de aquel buen momento que a lo mejor no contamos a nadie más.
Nada vale el valor de un hermano. Ni la fortuna que suele ser muy esquiva, ni la fama que puede convertirse en una trampa, ni la ambición que dura poco y lastima mucho.
Como si todo esto fuera poco, mi hermana y yo tuvimos el privilegio de encontrarnos en la senda de la vocación. Y allí nunca valieron discusiones, siempre estuvimos de acuerdo.
Con el apasionamiento de un Beethoven posmoderno, Helena defendía a sus alumnos a capa y espada porque sabía hilar fino en sus diferencias y en sus posibilidades, y aunque su materia era Matemática, lo que sustentó su labor fue en realidad una filosofía de vida, que pisaba fuerte sobre valores fundamentales que lamentablemente se están perdiendo en el shopping de la educación actual. Ella no era una profesora de matemáticas, era una guía de almas, un ejemplo y un bastión de la honestidad, la tenacidad, la generosidad y la fe.
No se precisa de gestos exteriores traducidos en jornadas de valores, se necesita el accionar diario dirigido a metas valiosas que se cumplan en las pequeñas cosas, en el afecto que se puede hacer llegar a  un ser inmaduro y triste.
Lo demás no deja de ser anecdótico, olvidable, todo lo opuesto a lo que va a ser Helena de ahora en adelante: Un recuerdo que seguirá enseñando a generaciones y generaciones. Lástima que estos homenajes siempre sean póstumos.
Dios se lleva a los mejores.

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