SOMOS FAMILIA
Raquel Piña
Como en cualquier familia que se precie de ser “normal y ordinaria”, mi hermana y yo estábamos categorizadas por nuestro parecido con mamá o con papá, y a pesar de mi pelo rubio y mis ojos claros, heredados de la línea paterna, la que en realidad se parecía a mi padre era mi hermana, sin embargo morocha y de ojos negros como mi madre, una persona que recuerdo bellísima en mi memoria infantil y adolescente.
Ella no era sólo hermosa por fuera, alta, elegante, de rasgos perfectos. Era además inteligente, culta y armada con tanta información sobre el mundo y la vida, que nuestra casa era la segunda edición de la escuela, donde adquirimos la parte más sustancial de nuestra formación académica.
Mamá nos enseñó que más allá de los cambios de enfoque que podemos darle a las cosas, a lo que no se puede renunciar es a los principios que orientan nuestras acciones, y esa fuerza para encarar las cosas y seguir adelante en las más adversas condiciones, haciendo frente o alejándonos de lo que ya no reputamos bueno, lo aprendimos en las largas charlas de sobremesa, cuando no había televisores ni Internet de por medio.
Papá nos dejó su honestidad irrenunciable, su enorme capacidad de trabajo, su delicada y graciosa forma de ser, su enorme generosidad, y los dos juntos nos legaron el mayor tesoro que alguien puede dejar a sus hijos: la fortaleza de la familia basada en el amor sin medida.
Hoy no quedo más que yo, y a pesar de esas terribles ausencias, me encuentro con los tres en gestos que repito, que me los recuerdan, y con el paso de los años he recuperado a mi madre en sus manos que reconozco en las mías, en la forma de las uñas, en el dedo un poco ladeado y un tanto acusador que suelo usar como arma para enfatizar algún reclamo, en las heridas del trabajo casero, en el que mi madre era experta.
Entonces siento profundamente que mi familia original está conmigo porque siempre fuimos una unidad inseparable, y lo único que le pido a Dios es que mis hijos puedan un día hacer una reflexión similar.
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