SER EL MÁS FUERTE
Raquel Piña
Cada uno va por la vida arrastrando para su bien o para su mal, una fama adquirida a lo largo de los años en los distintos ámbitos de la actividad diaria: la familia, el trabajo, las relaciones sociales, políticas y religiosas.
Una de las variables más comunes que pueden aplicarse de manera más indiscriminada, es la medida de la fortaleza, lo que nos convierte para los demás en fuertes o débiles.
¿Cuál de estas categorías nos ubica mejor en el mundo?. Los débiles suelen ser objeto de una compasión no exenta de desprecio y por lo tanto se evita darles tareas comprometidas que superen lo soportable en esas circunstancias. A los fuertes se les adjudican las más duras y hasta disparatadas misiones porque su capacidad de aguante se considera no una virtud sino una obligación.
El juicio de los hombres suele ser, valga la paradoja, muy injusto, y así los pobres e indefensos han pasado la mayor parte de su vida aupados en los hombros de los fuertes, a los que se les achaca, cuando no satisfacen su dedicación y esfuerzo por los familiares, los compañeros de trabajo, la iglesia o el partido político de pertenencia, adjetivos como: egoísta, indiferente, insolidario, cuando a lo mejor sólo están tratando de vivir algo para sí mismos, lo que hacen todo el tiempo los débiles.
Hay que ser más astutos, y nunca, bajo ningún concepto, poner todas las cartas sobre la mesa. Que piensen también que a los fuertes les suceden cosas, que sufren calladamente, que tratan de no molestar a nadie con sus penas, que luchan contra algunas discapacidades no confesadas, porque se reirían de ellos en la cara.
Debajo de esa lápida que soportan los fuertes, caminan con comodidad los que se morirían a la intemperie, pero ese techo se va gastando con el sol, con la lluvia, con el viento, hasta que sin una alarma previa se desmorona y cae cuando ya es demasiado tarde
No hay comentarios:
Publicar un comentario